22 agosto, 2026
Comodoro Rivadavia, Chubut
Deportes Género

Leila Ramos: ser mujer, ser mamá y seguir compitiendo

La bicampeona mundial de taekwondo fue protagonista de una nueva edición de Charlas de Mate, el ciclo de entrevistas de César Bersais. A los 25 años, habló de los prejuicios que enfrentó desde niña, el esfuerzo familiar detrás de sus logros, la maternidad, su regreso a la competencia y el sueño de llegar a Irlanda 2028.

Hay historias deportivas que pueden contarse a partir de medallas y campeonatos. La de Leila Ramos tiene de sobra: fue campeona mundial, integró la Selección Argentina y compitió en distintos escenarios internacionales. Sin embargo, en su paso por Charlas de Mate, el ciclo conducido por César Bersais, emergió un recorrido que va mucho más allá de los resultados y atraviesa su infancia, los prejuicios, la maternidad, la enseñanza y el deseo intacto de seguir compitiendo.

Durante la charla, Bersais volvió junto a Leila a sus comienzos en Laprida. Tenía apenas siete años cuando descubrió el taekwondo casi por casualidad: practicaba hockey y vóley y un día, en la casa de su abuela, vio a un tío realizar las formas de ese arte marcial. Preguntó qué estaba haciendo, quiso probar y encontró allí su lugar. En aquellos primeros entrenamientos eran apenas tres nenas y practicaban descalzos sobre el piso frío.

Ser una de esas pocas chicas también significó enfrentarse desde muy temprano a ciertos mandatos. Mientras su mamá acompañó su elección desde el comienzo, su papá imaginaba otro camino para ella. “Mi papá cuando yo hacía taekwondo era: ‘No, vos tenés que ser modelo’”, recordó. También escuchó que se trataba de “un deporte de hombres” y llegó a probar otras actividades consideradas más apropiadas para una nena. Pero ninguna consiguió apartarla de lo que había elegido: “No me encontraba, no era lo que quería”.

La competencia llegó poco después. A los ocho años comenzó a participar de torneos y a los 13 tuvo su primera experiencia internacional en una Copa del Mundo disputada en Buenos Aires. Alcanzó la final ante una competidora rusa, pero un golpe en la mandíbula le impidió continuar. Llamó llorando a su mamá porque sentía que haber quedado segunda significaba haber fallado frente a todo el esfuerzo que su familia había realizado para llevarla hasta allí. Con el tiempo, aquella experiencia se convirtió en uno de sus primeros grandes aprendizajes: perder no necesariamente significa fracasar.

Ese aprendizaje resultaría fundamental cuando comenzó a prepararse para su primer Campeonato Mundial. La exigencia era enorme: iba a la escuela, entrenaba hasta tres veces por día y los fines de semana viajaba a Buenos Aires para trabajar con la Selección Argentina. El agotamiento físico y emocional llegó a tal punto que, a un mes de la competencia, pensó en no viajar. “Llegó un momento que yo iba a entrenar llorando, volvía llorando y me iba otra vez a entrenar llorando”, contó.

Su mamá buscó entonces el acompañamiento de una psicóloga deportiva y ese espacio le permitió comprender que no era el taekwondo lo que quería abandonar. Había otras cargas que necesitaba ordenar para volver a concentrarse y disfrutar. El trabajo también involucró a su madre, que atravesaba junto a ella el cansancio y la angustia de aquella preparación. “Mi mamá para mí es mi ejemplo en todo”, sostuvo Leila al recordar ese período.

Finalmente, en 2016 viajó a Brighton, Inglaterra, con apenas 15 años. Allí encontró incluso una manera muy personal de manejar los nervios: como había comenzado a hacer murga, antes de competir bailaba algunos pasos para relajarse. Funcionó. Se consagró campeona mundial en formas y subcampeona en lucha hasta 50 kilos. Recién con los años pudo comprender la verdadera dimensión de aquel logro: “Hoy me siento más orgullosa de lo que logré. En ese momento era como ‘uy, sí, gané’, pero no noté el peso de lo que es un Mundial”.

Dos años después llegó su segundo Mundial juvenil, esta vez en Argentina. Leila lo recuerda como “mi mundial soñado”, porque además de los resultados pudo compartirlo con su mamá, su maestro, sus compañeros y amigos. Volvió a consagrarse y consolidó una trayectoria que la convirtió en bicampeona mundial. Sin embargo, durante mucho tiempo convivió con sus títulos con una naturalidad que hoy hasta a ella misma le sorprende: “Ahora que soy más grande me doy cuenta del peso que tienen estos torneos. Entonces hoy lo valoro más”.

De competir a enseñar

Con los años, Leila comenzó a ocupar otro lugar dentro del taekwondo. A los 20 se convirtió en instructora y empezó a transmitir a sus alumnos no solamente cuestiones técnicas, sino también aquello que había aprendido de sus propias derrotas y frustraciones. Su premisa es sencilla: “No se gana, pero se aprende”. Por eso los invita a mirar los videos de sus competencias, reconocer errores y trabajar sobre ellos en los entrenamientos.

Desde ese nuevo rol también puede observar cuánto cambió el lugar de las mujeres desde aquellos días en que ella era una de las pocas nenas de su clase. Hoy, asegura, la presencia femenina creció notablemente: “Mejoró un montón. Te diría que hay la misma cantidad de competidoras mujeres que de hombres, incluso”.

Sin embargo, todavía quedan espacios por conquistar. Uno de ellos es el de la conducción: en su línea, explica, la Selección siempre tuvo entrenadores varones. Por eso valora que actualmente comience a discutirse la posibilidad de incorporar una mujer en ese lugar. “Nunca hubo una entrenadora mujer para la selección en nuestra línea. Creo que ese va a ser un cambio lindo también”, señaló.

Esa cuestión también atraviesa su propia experiencia como instructora. Pese a los años de formación, los títulos internacionales y su recorrido como docente, Leila reconoce que todavía no se anima a dar clases a personas adultas. No duda de sus conocimientos; lo que aparece es otra inseguridad: “Me da miedo el hecho de que no me quieran respetar (…) ¿Cómo le doy la orden a alguien adulto? Y varón, peor”.

Su reflexión expone uno de esos límites menos visibles que persisten aun cuando las mujeres ya conquistaron una presencia importante dentro de la competencia. Leila pudo llegar a lo más alto del deporte, representar al país y convertirse en instructora, pero todavía se pregunta si su autoridad será reconocida frente a un hombre mayor. Una inquietud que habla de su experiencia personal, pero también de los desafíos que permanecen en ámbitos históricamente conducidos por varones.

La maternidad y una nueva manera de competir

A ese recorrido se sumó en los últimos años una transformación mucho más íntima: Leila se convirtió en mamá de Noa. El nacimiento de su hijo no significó abandonar el taekwondo. De hecho, al repasar su trayectoria lo plantea con orgullo: “Practico desde los siete años y nunca, nunca paré. Ni siquiera embarazada”.

Sin embargo, convertirse en madre modificó sus tiempos, sus prioridades y también la manera de mirar a la mujer que había sostenido durante tantos años su propia carrera. Hoy comprende desde otro lugar el esfuerzo de su mamá para acompañarla en cada entrenamiento, cada viaje y cada competencia. “Qué difícil es ser mamá”, reconoció durante la charla, antes de poner en palabras algo que muchas veces queda fuera de los relatos idealizados sobre la maternidad.

Leila pasa buena parte del día con Noa y combina su cuidado con las clases y los entrenamientos. Algunas veces lo cuida su mamá y otras el pequeño la acompaña. En esa cotidianeidad también aparecen el cansancio y las exigencias: “Llegan momentos en los que colapsás y por ahí decís: ‘Me da miedo que me juzguen como mamá’. Pero es la realidad de todas las mamás, creo. Todas colapsamos”.

Ser madre le permitió, además, dimensionar de otra manera todo lo que hubo detrás de sus propios logros. Quizás por eso las medallas más importantes permanecen en la casa de su mamá. “Todas las medallas que yo gano son de ella y para ella. Por más que hoy en día empiezo a pagarme yo mis cosas, siguen siendo para ella”, afirmó.

La maternidad también significó una pausa en las competencias y, con ella, apareció un temor que hasta entonces no había sentido de la misma manera. Después de pasar alrededor de un año fuera del circuito por el embarazo, volver implicaba enfrentarse a una pregunta incómoda: “¿Y si vuelvo a competir y empiezo a perder? ¿Y si ya no gano como antes?”.

La respuesta no llegó a través de una medalla, sino de un cambio en su manera de entender el deporte. Después de haber extrañado tanto competir, decidió regresar sin cargar sobre sí misma la obligación de demostrar que seguía siendo la misma campeona. “Preferí disfrutar y no preocuparme por ganar o perder, sino entrar y disfrutar”, explicó. Y desde ese lugar, casi como una consecuencia y no como una obsesión, los resultados volvieron a llegar.

Irlanda 2028, el próximo sueño

Hoy esa nueva etapa tiene un objetivo concreto: Irlanda 2028. Leila ya comenzó a sumar puntos para intentar clasificarse al próximo Campeonato Mundial y en una competencia regional realizada en Buenos Aires obtuvo el primer puesto en formas y el tercero en lucha. Si consigue el lugar, será además su primer Mundial individual como adulta.

El desafío deportivo convive, una vez más, con las dificultades económicas del deporte amateur. Viajar implica conseguir recursos, buscar apoyo y elegir incluso a qué torneos se puede asistir. En julio, por ejemplo, no pudo competir en Chaco porque el pasaje superaba los 700 mil pesos. Y cada ausencia pesa: para Irlanda clasificarán solamente dos deportistas por categoría y serán los puntos acumulados los que definan quiénes consiguen el lugar.

Llegar a Irlanda significaría, entonces, algo diferente a aquellos Mundiales de la adolescencia. Ya no sería la chica de 15 años que viajó a Inglaterra después de entrenar hasta el agotamiento, sino una mujer que conoce mejor sus propios límites, enseña a nuevas generaciones, atravesó la maternidad y decidió regresar a la alta competencia sin renunciar a disfrutarla.

Hacia el final de la conversación, Bersais le propuso elegir una palabra capaz de sintetizar su recorrido. Leila podría haber hablado de títulos, de la Selección Argentina o de los escenarios internacionales que conoció durante todos estos años. Eligió otra cosa: “Siempre ser perseverante. Yo me siento una persona que siempre perseveró, entonces siento que esa palabra me identifica un montón”.

Y enseguida la convirtió casi en una declaración de principios: “Perseverancia siempre, siempre, siempre”.

Quizás allí esté la mejor síntesis de la historia que compartió con César Bersais en Charlas de Mate. Desde aquella nena que eligió quedarse en un deporte que le decían que era “de hombres” hasta la mujer que hoy combina maternidad, enseñanza y competencia, Leila Ramos fue transformando su manera de ganar, de perder y hasta de medir sus propios logros. Lo que no cambió fue aquello que ella misma eligió para definirse: perseverar.