Desde los potreros del Pietrobelli hasta los clásicos con la camiseta de Jorge Newbery, Raúl “Ruly” Loncon y Juan Carlos “La China” Loncon construyeron una historia marcada por el sacrificio, la pertenencia y el amor por la pelota. En “Charlas de Mate”, el ciclo de entrevistas del periodista César Bersais en YouTube, repasaron sus comienzos, los históricos vestuarios del fútbol comodorense, el peso de defender los colores del “Lobo”, la formación de las nuevas generaciones y el rol social que cumplen los clubes en los barrios.
Hay historias deportivas que pueden reconstruirse a partir de campeonatos, goles, ascensos y partidos memorables, pero existen otras que necesitan ir más allá de las estadísticas para comprender verdaderamente el lugar que ocupa el fútbol en la vida de sus protagonistas. La historia de Raúl “Ruly” Loncon y Juan Carlos “La China” Loncon pertenece a estas últimas, porque sus recorridos no solo permiten recuperar una época del fútbol comodorense, sino también reflexionar sobre la transformación de los barrios, los clubes y las formas de vivir la pelota.
Primos, compañeros, rivales circunstanciales y referentes de una generación del fútbol local, ambos compartieron una extensa conversación con el periodista César Bersais en una nueva edición de“Charlas de Mate”, su ciclo de entrevistas en YouTube. Entre recuerdos, bromas y anécdotas, los Loncon reconstruyeron aquellos años en los que los potreros todavía estaban poblados de chicos durante tardes enteras y los vestuarios de Primera División reunían a jóvenes que recién comenzaban con hombres experimentados que, además de jugar, transmitían códigos y enseñanzas.
Sin embargo, la charla no quedó atrapada en la nostalgia. A medida que avanzó la conversación, el pasado abrió paso a una mirada crítica sobre el presente del fútbol infantil, la presión que muchas veces ejercen los adultos, las dificultades económicas que atraviesan las familias y el trabajo silencioso de quienes sostienen diariamente la vida de los clubes. En ese contexto, ambos coincidieron en una idea que atraviesa prácticamente toda la entrevista: el fútbol puede ser competencia y pasión, pero, fundamentalmente, debe ser un espacio de pertenencia, contención y encuentro.
El potrero como primera escuela
Mucho antes de que proliferaran las escuelas de fútbol, los entrenamientos programados y las categorías organizadas desde edades cada vez más tempranas, el barrio era el principal lugar de formación. Las canchas de tierra reunían durante horas a chicos de distintas edades y, entre partidos interminables, se aprendía a proteger la pelota, soportar una patada, enfrentar a jugadores más grandes, encontrar espacios y ganarse un lugar dentro del equipo.
“Antes vos inconscientemente entrenabas un montón. Empezabas a jugar a las dos de la tarde y te ibas a las siete. Te chocabas con un jugador más grande, con uno más chico, vivías diferentes situaciones reales del fútbol y eso también te alimentaba a la hora del juego”, recordó Ruly al describir aquellas jornadas que comenzaban temprano y se extendían prácticamente hasta que la luz natural permitía seguir jugando.
“La China” compartió esa mirada y recordó que la dinámica de los potreros permitía que decenas de chicos participaran durante una misma tarde. “Salía un equipo, entraba otro y había una cantidad de chicos practicando fútbol. Llegabas a las dos de la tarde y te ibas a las nueve o diez de la noche”, señaló.
De esta manera, el potrero funcionaba como una escuela sin profesores ni horarios establecidos, pero con reglas que los propios chicos aprendían jugando. Para los Loncon, buena parte de los futbolistas que surgieron durante aquellos años se formaron precisamente en ese territorio, donde el entrenamiento no era percibido como una obligación, sino como parte natural de la vida cotidiana.
Llegar a Primera cuando todavía eran chicos
Los recorridos de ambos tuvieron un punto extraordinario en común: llegaron a jugar en Primera División cuando apenas habían ingresado en la adolescencia. Sin embargo, sus caminos hasta alcanzar ese lugar fueron diferentes y estuvieron atravesados por circunstancias que todavía recuerdan con claridad.
Ruly comenzó su recorrido en Universitario y su llegada al club tuvo bastante de casualidad. Primero intentó incorporarse a otros equipos, pero las distancias entre su casa y los lugares de entrenamiento terminaron cerrándole algunas puertas. Finalmente encontró su lugar en “la U”, donde comenzó en las divisiones inferiores y rápidamente tuvo la posibilidad de integrar el plantel superior.
“Caí de rebote a Universitario. Arranqué en inferiores y tuve la suerte de debutar a los 14 años”, contó.
Aquel salto significó ingresar en un vestuario muy diferente a los actuales, donde convivían adolescentes que daban sus primeros pasos con jugadores que tenían décadas de experiencia. En ese contexto, los más jóvenes debían aprender a observar, escuchar y respetar los códigos establecidos por los mayores.
“Hoy los vestuarios están llenos de chicos. En aquella época eran hombres. Yo tenía 14 años y tenía compañeros de 37 o 38. Vos no hablabas, escuchabas”, recordó Ruly.
Entre aquellos futbolistas aparecieron nombres históricos del fútbol comodorense, como Raúl Palacio, Campillay, Carlos Mendiondo, Gabino Massa y Alejo Valverde, quienes tuvieron un papel fundamental en su formación. Más allá de sus condiciones futbolísticas, Ruly destacó especialmente la capacidad que tenían aquellos referentes para acompañar a quienes recién comenzaban.
“Eran líderes positivos. Jamás te iban a tirar para abajo. Siempre estaban apoyándote”, aseguró.
Con Universitario consiguió el ascenso en 1989 y, años después, integró el equipo campeón de 1993, consolidando una etapa fundamental de su carrera.
“La China”, por su parte, comenzó su camino en Saavedra, impulsado por un amigo del grupo juvenil del que participaba. Después de varias invitaciones decidió acercarse a entrenar y, en cuestión de días, comenzó una carrera deportiva que también lo llevaría rápidamente hasta Primera División.
“Fui un lunes a entrenar, me vieron y dijeron: ‘Fíchenlo, fíchenlo’. A la semana ya estaba fichado”, recordó.
Su crecimiento fue vertiginoso. Pasó por Sexta, Quinta y Reserva hasta que apareció la posibilidad de jugar con el plantel superior.
“Debuté en el estadio cuando iba a cumplir 15 años. Siempre digo que fue una bendición de Dios, pero también estaba el sacrificio. Iba a entrenar, cruzaba el cerro y muchas veces volvía a las diez u once de la noche”, relató.
El sacrificio que nadie veía
Si existe una palabra que atraviesa prácticamente toda la conversación es sacrificio. Durante años, ambos organizaron sus vidas alrededor del fútbol y comprendieron desde muy jóvenes que el talento, por sí solo, no garantizaba ninguna posibilidad de crecimiento.
Entrenar, descansar, alimentarse correctamente y volver a entrenar formaban parte de una rutina que muchas veces implicaba renunciar a experiencias habituales para otros jóvenes de su edad. En ese sentido, Ruly reconoció que hubo etapas de su juventud que prácticamente no vivió porque había elegido priorizar el deporte.
“Yo no tengo registro de un año de mi vida en el que no haya entrenado. Me perdí cosas importantes. La etapa del boliche, por ejemplo. Mientras mis amigos salían, yo descansaba”, contó.
Entre los recuerdos de aquellos años aparece una enseñanza aparentemente sencilla que, con el paso del tiempo, terminó comprendiendo en toda su dimensión. Uno de los dirigentes de Universitario le había indicado que los sábados por la noche debía buscar sus botines, colocarles betún y dejarlos preparados para el partido del día siguiente.
“¿Sabés para qué te lo decían? Para que no salgas, para que no jodas, para que te acuestes pensando en el partido”, explicó.
Aquella disciplina terminó convirtiéndose en una filosofía que Ruly mantuvo durante toda su carrera. Aunque evita exagerar sus propias condiciones técnicas, sostiene que siempre existió un aspecto en el que intentó sacar ventaja: la preparación.
“Yo no sé cuánto tuve técnicamente o tácticamente. Lo que sí sé es que entrené. Y eso es un plus. Corrés más, saltás más, llegás más. Muchas veces llegás a una pelota decisiva sobre el final porque estás bien físicamente”.
“La China” comparte esa mirada y considera que detrás de cualquier objetivo deportivo existe necesariamente un proceso de esfuerzo y perseverancia. “Uno se tiene que esforzar para llegar. Si querés conseguir algo, tenés que hacer el sacrificio. El esfuerzo te lleva a hacer grandes cosas”, sostuvo.
Dos caminos que terminaron encontrándose en Newbery
Con el paso de los años, los recorridos deportivos de los primos terminaron confluyendo en Jorge Newbery, institución con la que ambos construyeron un vínculo que trascendió largamente sus etapas como futbolistas.
“La China” llegó primero, después de su extensa trayectoria en Saavedra, y permaneció durante casi 14 años defendiendo los colores del “Lobo”. “Estuve hasta los 39 años”, recordó al dimensionar la cantidad de temporadas que pasó dentro del club.
Ruly se incorporó en el año 2000, luego de atravesar una situación que marcó una parte de su carrera: las dificultades que enfrentaban los jugadores para conseguir la libertad de acción y continuar sus trayectorias en otras instituciones.
“Antes vos pedías un pase y parecía que pedías millones de dólares”, cuestionó.
Durante un período quedó sin jugar y sufrió las consecuencias de un sistema que, según explicó, terminaba perjudicando principalmente al futbolista. “Cuando vos te parás, pierde el jugador. No podés jugar hasta recuperar tu pase”, recordó.
Finalmente llegó a Newbery y allí comenzó una relación que se extendería mucho más allá de la cancha.
“Nosotros nos hicimos hinchas de grandes. Por la gente, por lo que nos tocó vivir, por las cosas lindas”, explicó Ruly.
En el caso de “La China”, esa identificación permanece representada incluso en un objeto que conserva dentro de su casa. Cuando fueron retiradas las antiguas tribunas de madera del club, decidió quedarse con uno de los tablones.
“Lo tengo en el comedor de mi casa. Algunos podrán decir que estoy loco, pero uno aprendió a amar este club”, afirmó.
“En Newbery tenés que correr y meter”
Vestir la camiseta de Jorge Newbery, coincidieron, siempre implicó una responsabilidad particular. Más allá de las condiciones técnicas de cada jugador, la identidad futbolística del club estaba estrechamente vinculada con la entrega y el esfuerzo.
“No es fácil entrar a una cancha con la camiseta de Newbery”, aseguró Ruly, quien explicó que el hincha reconoce especialmente a aquellos jugadores que demuestran compromiso dentro del campo de juego.
“Está bueno tirar un caño o hacer un sombrerito, pero en Newbery tenés que correr y tenés que meter. La gente te reconoce la entrega”.
En ese recorrido aparecen inevitablemente los clásicos frente a Huracán, partidos que marcaron buena parte de la historia deportiva de ambos. Ruly recordó que su primera experiencia no fue precisamente la esperada.
“Mi primer clásico lo perdimos 4 a 0. Fue una decepción”, confesó.
Sin embargo, después vendrían las revanchas y una etapa durante la cual Newbery logró construir una importante supremacía en los enfrentamientos frente a su histórico rival. Entre aquellos partidos permanece especialmente presente una victoria que todavía ocupa un lugar privilegiado en la memoria de “La China”.
“El 4 a 0 es uno de los partidos que siempre recuerdo”, señaló.
Más allá de la rivalidad deportiva, ambos destacaron que los años también les permitieron construir relaciones con futbolistas y personas vinculadas a otras instituciones. Por eso, cuando los resultados quedan atrás, existe algo que consideran mucho más importante.
“Lo que queda es el respeto”, reflexionó Ruly.
Cuando los padres también juegan el partido
A medida que avanzó la conversación, la mirada sobre el pasado dio lugar a uno de los temas que más preocupa a quienes trabajan actualmente en las divisiones inferiores: la presión que los adultos ejercen sobre los chicos.
Tanto Ruly como “La China” tuvieron la experiencia de dirigir a sus propios hijos y conocen las dificultades que implica separar el rol de padre de la responsabilidad que supone conducir un equipo.
“Si mi hijo juega mal, no lo voy a poner. No lo digo de la boca para afuera. Si está jugando mal, tiene que salir”, sostuvo “La China”.
Ruly atravesó una situación similar cuando su hijo fue elegido capitán del equipo que él dirigía. Precisamente para evitar cualquier sospecha de favoritismo, decidió que fueran otros integrantes del cuerpo técnico quienes comunicaran la decisión.
“Yo sabía que tenía condiciones, pero no quería que dijeran: ‘Lo pone porque es el hijo’”.
Sin embargo, ambos advirtieron que los comentarios que circulan alrededor de las canchas pueden generar consecuencias importantes en chicos que todavía se encuentran en pleno proceso de formación. Frases como “juega porque es el hijo del técnico”, “mi hijo es mejor” o “a este lo ponen por el apellido” forman parte de una competencia entre adultos que muchas veces termina trasladándose a los menores.
“Si el chico no es fuerte de la cabeza, esos comentarios terminan haciéndole daño”, señalaron.
En ese sentido, la experiencia de los Loncon les permite observar el fútbol infantil desde una perspectiva diferente. Para ellos, formar un jugador no consiste solamente en mejorar sus condiciones técnicas, sino también en acompañar su crecimiento, respetar sus tiempos y comprender las distintas realidades familiares que existen detrás de cada chico.
“El deporte es contención”
Precisamente a partir de esa experiencia, Ruly resumió en una frase el lugar que, a su entender, deben ocupar las instituciones deportivas dentro de una comunidad.
“El deporte es contención”. La afirmación adquiere especial relevancia cuando se observa la realidad cotidiana de los clubes barriales. Detrás de cada chico que llega a entrenar existe una historia diferente: dificultades económicas, problemas familiares y situaciones que muchas veces permanecen invisibles para quienes solamente observan lo que ocurre durante los partidos.
“La China” recordó una experiencia que lo marcó especialmente. Una madre se acercó para explicarle que no podía continuar pagando la cuota de su hijo y, mientras hablaba, comenzó a llorar.
“Le dije que no había problema, que la semana siguiente la pagábamos nosotros. Hablé con mi señora y lo hicimos”, relató.
Aquella situación reforzó una convicción que mantiene hasta hoy: ningún chico debería quedar afuera de un club por las dificultades económicas que atraviesa su familia.
“No tenés que dejar a nadie de lado. Los chicos son los que sufren”, afirmó.
Un merendero para que ningún chico llegue con hambre
La preocupación por las realidades que atraviesan las familias terminó transformándose en una iniciativa concreta dentro de Jorge Newbery. Después de observar experiencias similares en otras instituciones, “La China” comenzó a impulsar un merendero destinado a los chicos de las divisiones inferiores.
La idea surgió al advertir que muchos niños salían de la escuela y se dirigían directamente a los entrenamientos, en algunos casos sin haber tenido la posibilidad de alimentarse correctamente.
“Veía que les daban fruta, tortas fritas, chocolate, té. Y pensé: ‘¿Cómo no podemos hacer esto nosotros?’”.
A partir de allí, compartió la iniciativa con su familia, algunas madres y dirigentes del club, y la respuesta permitió comenzar a construir un espacio que rápidamente trascendió la entrega de alimentos.
“Hoy estoy comprometido con los chicos. Viene un nene, te abraza, se ríe. Las madres se acercan, conversan entre ellas y de a poco se va uniendo el club”, contó.
Para “La China”, el objetivo de estas iniciativas también consiste en recuperar un sentido de pertenencia que permita integrar a todas las categorías y evitar que cada división funcione de manera aislada.
“Esto es un club. No puede ser la Séptima por un lado, la Octava por otro y la Novena por otro. Tenemos que compartir entre todos. Tenemos que ser uno”.
Los colores por encima de los nombres
La pertenencia ocupa un lugar central en la historia de ambos y también atraviesa su mirada sobre el presente de Jorge Newbery. Después de tantos años vinculados a la institución, consideran que las diferencias personales, políticas o dirigenciales nunca deberían ubicarse por encima del club.
Ruly lo resumió de manera contundente.
“Los colores son azul y blanco. No hay otro color”.
Desde su perspectiva, un hincha puede tener diferencias con un presidente, un entrenador o una comisión directiva, pero eso no debería modificar su compromiso con la institución.
“Te puede gustar o no la persona que está de presidente. Pero si sos de Newbery, tenés que apoyar al club”.
“La China” coincidió con esa mirada y aseguró que su principal preocupación pasa por el crecimiento de la institución y la formación de nuevas generaciones de futbolistas.
“A mí no me importa quién esté dirigiendo. Lo que me importa es que le vaya bien al club y que sigan saliendo buenos jugadores”.
Incluso el pago de una entrada representa, para ellos, una forma sencilla pero concreta de colaborar. “Me han dicho muchas veces: ‘Vos jugaste toda la vida acá, no tenés que pagar’. Yo pago igual. Estoy ayudando al club con mi entrada”, contó Ruly.
Cuando el fútbol devuelve lo que alguna vez recibió
Hacia el final de la conversación, la historia deportiva dejó paso a una reflexión mucho más personal. Después de décadas recorriendo canchas, compartiendo vestuarios y construyendo vínculos, Ruly atraviesa actualmente un problema en una de sus rodillas y necesita realizar un tratamiento para recuperarse.
La respuesta de la comunidad deportiva volvió a demostrar el alcance de aquellas relaciones construidas durante tantos años.
“Me llamó gente de Huracán, de otros clubes, amigos del deporte. Eso habla del respeto que quedó”, contó.
También recibió ofrecimientos para realizar trabajos de recuperación y rehabilitación, gestos que adquieren un significado especial para alguien que durante años colaboró con otras personas sin esperar ningún reconocimiento.
“Muchas veces uno colaboró en silencio. Hoy me toca recibir la ayuda de mucha gente y eso también es bueno”.
De alguna manera, allí aparece una de las principales enseñanzas que deja la conversación. El fútbol puede comenzar con una pelota rodando en una cancha de tierra y continuar con un debut en Primera División, un campeonato, un clásico o una tribuna repleta. Sin embargo, cuando los resultados comienzan a quedar lejos y las camisetas ya no se usan para entrar a la cancha, permanecen los vínculos construidos durante el camino.
Permanecen los compañeros que alguna vez compartieron un vestuario, los rivales que con los años se transformaron en amigos, los dirigentes que dejaron enseñanzas, las familias que sostienen diariamente a los clubes y los chicos que encuentran en una cancha un lugar donde sentirse parte de algo.
La historia de Raúl “Ruly” Loncon y “La China” Loncon también permite comprender que la pertenencia no termina cuando llega el retiro. Ambos continúan vinculados con el fútbol, acompañando a nuevas generaciones y sosteniendo una idea que atraviesa toda la charla: los clubes son mucho más que resultados deportivos.
Décadas después de aquellas tardes interminables jugando en los potreros del Pietrobelli, los dos primos todavía pueden sentarse alrededor de unos mates para recordar partidos, compañeros, sacrificios y enseñanzas. Y quizás esa sea la mejor manera de explicar por qué algunas historias deportivas terminan con el último partido, mientras que otras simplemente encuentran nuevas formas de continuar.
