12 septiembre, 2026
Comodoro Rivadavia, Chubut
Deportes

Emilio Moratinos, una vida a fondo: “Yo llegaba al autódromo pensando que iba a ganar”

Fue campeón en su primera temporada, compitió hasta los 74 años y se convirtió en uno de los nombres inseparables de la historia del automovilismo de Comodoro Rivadavia.

En una nueva edición de Charlas de Mate, Emilio Moratinos repasó junto a César Bersais sus comienzos, los sacrificios para poder correr, las rivalidades que terminaban en amistad, el acompañamiento de su familia y el vínculo con una ciudad que todavía lo reconoce. “El autódromo era mi segunda casa”, resumió.

Hablar de Emilio Moratinos es recorrer buena parte de la historia del automovilismo de Comodoro Rivadavia. Su nombre atravesó generaciones, quedó ligado a los circuitos patagónicos y todavía hoy despierta recuerdos entre quienes lo vieron correr y también entre aquellos que conocieron sus hazañas a través de sus padres. En una nueva edición de Charlas de Mate, el ciclo conducido por César Bersais, el histórico piloto abrió el álbum de una vida marcada por los motores, las competencias, los viajes y una pasión que nunca terminó de apagarse.

La conversación se desarrolla en otro espacio inseparable de su historia personal: La Casa del Embrague, el comercio en el que lleva alrededor de cuatro décadas. Allí, entre amigos, mates, repuestos y ese inconfundible ambiente de taller, Moratinos admite que todavía se siente en su lugar. “Viene un amigo, tomamos unos mates, charlamos”, contó, antes de resumir con sencillez aquello que aún lo conecta con el mundo de los fierros: “Siempre hay ruido, goma, olor a nafta. Eso supera todo”.

Cuando Bersais le pregunta quién es Emilio Moratinos, la respuesta no pasa por los campeonatos ni por las estadísticas. A esta altura de su vida, el expiloto parece medir su trayectoria de otra manera. Habla de la gente que se acerca, de quienes todavía quieren una foto con él y de las historias que regresan décadas después. “Esas cosas son las que todavía me siguen dando la felicidad de años de automovilismo”, reconoció al recordar que incluso personas que no llegaron a verlo competir conocen su nombre por relatos familiares.

Su llegada a las carreras no fue temprana. Moratinos comenzó a competir alrededor de los 24 o 25 años, aunque la atracción por la velocidad venía de antes. Durante mucho tiempo fue un espectador apasionado, cercano al ambiente, pero condicionado por una realidad concreta: correr era caro. “Nunca fui de bolsillo gordo, nunca en mi vida”, recordó. Trabajaba, debía cuidar cada peso y sabía que poner un auto en pista implicaba cubiertas, combustible, repuestos y horas de taller que no siempre estaban al alcance.

Una de las primeras experiencias terminó de demostrarle cuánto podía costar aquella pasión. Después de probar un auto, observó que las cubiertas habían quedado prácticamente a la mitad y se desesperó porque todavía las estaba pagando. Por un momento pensó que aquello definitivamente no era para él. Sin embargo, el automovilismo ya le había despertado algo difícil de frenar y, poco a poco, empezó a involucrarse cada vez más con mecánicos, amigos y pilotos de la época.

El primer proyecto serio nació de manera completamente artesanal. Consiguieron un auto que llevaba años parado y lo trasladaron a un pequeño taller para convertirlo en vehículo de competición. Moratinos recuerda el frío del invierno, las madrugadas de trabajo y hasta la forma en que calentaban la pava con un soplete para poder tomar mate. No había grandes estructuras ni presupuestos. Había entusiasmo, conocimientos compartidos y muchas horas de trabajo.

Su debut al volante terminó siendo tan inesperado como contundente. Antes de la carrera había tomado el auto para probarlo solo y dar algunas vueltas. El domingo se sentó detrás del volante, largó, tomó la punta, sufrió un trompo, volvió a alcanzar al líder y terminó ganando. “Bueno, esa fue mi primera carrera”, recordó. Lo que parecía una experiencia aislada se convirtió inmediatamente en una decisión de vida. “Me quedó gustando mucho el automovilismo. Ahí ya explotó. Te explota el alma, el corazón, te explota todo y vos decís: ‘No, yo voy a seguir corriendo’”.

Y siguió. No sólo ganó en su debut, sino que aquella misma temporada terminó consagrándose campeón. “Primera carrera y primer campeonato, y lo gané”, recordó durante la charla. Desde entonces desarrolló una característica que lo acompañaría durante toda su carrera: la convicción de que cada vez que se presentaba en un circuito tenía posibilidades reales de ganar. “Yo tenía la mentalidad ganadora. Mentalidad ganadora. Hoy gano”, explicó. Cuando las cosas no salían como esperaba, el enojo duraba lo suficiente como para transformarse rápidamente en motivación para la siguiente fecha.

Aquellos años pertenecen a otro automovilismo, mucho más rudimentario y, al mismo tiempo, atravesado por una enorme participación comunitaria. Se corría en distintos puntos de la Patagonia, sobre circuitos de tierra y con condiciones que hoy parecen impensadas. Sarmiento, Jaramillo, Pico Truncado, Puerto Deseado y distintos escenarios de Santa Cruz aparecen una y otra vez en los recuerdos de Moratinos, quien también llegó a competir fuera de la región.

Pero correr implicaba conseguir dinero semana tras semana. Hubo momentos en los que financiar una carrera dependía directamente de la solidaridad de los vecinos. Moratinos recuerda un asado organizado para recaudar fondos en un lugar con capacidad para unas 300 personas. Llegaron alrededor de 400 y la comida no alcanzó. Cuando salió a explicar que no podían cobrarles porque ya no había carne, muchos respondieron que querían pagar de todos modos para colaborar. Esa respuesta de la gente, asegura, le daba fuerzas para seguir.

Con el tiempo, esa ayuda también se convirtió en una responsabilidad cuando corría como local. Moratinos sabía que había vecinos, amigos y aficionados que habían colaborado para que él pudiera estar en pista, y sentía que tenía que devolver ese acompañamiento con resultados. “No le puedo fallar a todo esto que me dieron una mano, que me ayudan, que me vinieron a ver”, recordó sobre aquellas carreras en las que las tribunas de Comodoro se volcaban detrás suyo.

La competencia, sin embargo, nunca impidió construir vínculos profundos. Moratinos recuerda un automovilismo duro, de roces, maniobras al límite y disputas intensas, pero en el que muchas veces todo terminaba con la bandera a cuadros. “La pista, a muerte”, sintetizó al hablar de pilotos con los que se enfrentaba durante una carrera y que luego podían invitarlo a dormir en sus casas o compartir una comida.

Uno de esos casos fue Ramón Fernández, referente de Puerto Deseado. La rivalidad deportiva derivó con los años en una amistad profunda que se mantuvo incluso después de la muerte del piloto y continuó con su hijo. “Somos muy amigos con el hijo. Es mi hijo prácticamente”, contó Moratinos al recordar esa relación.

Su trayectoria también le permitió compartir pista con figuras reconocidas a nivel nacional. Durante la charla aparecen nombres como Marcos y Luis Di Palma, Henry Martin y Tito Bessone, recuerdos de una época en la que Moratinos debía medirse con pilotos consagrados y, al mismo tiempo, cargar con la expectativa del público local. En una de esas carreras recuerda estar tercero detrás de Martin y Bessone, intentando sostener el ritmo frente a una tribuna que lo alentaba.

Entre tantas competencias hay una historia que Moratinos conserva de manera especial. Después de ganar una carrera en Pico Truncado, un hombre se acercó junto a sus hijos y le pidió una fotografía. Luego lo invitó a comer un asado en su casa. Moratinos aceptó, compartió la mesa con aquella familia que no conocía y siguió viaje. Pasaron los años y, durante otra carrera en Puerto Deseado, un joven volvió a acercarse. Era uno de aquellos niños. Su padre había fallecido, pero él conservaba el recuerdo de aquel encuentro y quería repetir la fotografía, esta vez acompañado por su mujer y su hija.

“Vos no sabés qué responderle a la vida”, dijo Moratinos al recordar ese momento. Para él, historias como esa terminaron teniendo tanto valor como cualquier campeonato, porque demostraban que el vínculo construido con la gente había sobrevivido al paso del tiempo.

En esa trayectoria también fue fundamental el acompañamiento de su familia y, especialmente, de su esposa. Las carreras implicaban gastos, viajes, riesgos y una dedicación constante, pero durante décadas ella nunca le pidió que dejara. La única vez ocurrió cuando enfermó y los médicos anticiparon que le quedaba aproximadamente un año de vida. Entonces le pidió que no corriera para poder compartir ese tiempo juntos.

“Ese fue mi peor momento de mi vida”, reconoció Moratinos. La situación personal se sumaba al hecho de quedar alejado del automovilismo, un espacio que durante años había utilizado también como refugio frente a los problemas cotidianos. “Una vez que estaba arriba del auto, por lo menos en ese rato se iban”, explicó.

Después regresó a las pistas y prolongó su carrera hasta una edad poco frecuente incluso para pilotos experimentados. Emilio Moratinos compitió hasta los 74 años y todavía recuerda que sus últimas presentaciones no fueron simplemente testimoniales: siguió ganando. “Terminar ganando”, subrayó al hablar de aquellas carreras de sábado y domingo que marcaron el tramo final de su trayectoria.

El retiro llegó finalmente después de una sanción, un enojo y la decisión de vender todo. Sin embargo, dejar de competir no significó desprenderse emocionalmente del automovilismo. Todavía admite que volver a caminar por los boxes le despierta sensaciones difíciles de contener. Ya no está seguro de conservar los reflejos necesarios para conducir como antes, pero cuando Bersais le pregunta si aceptaría subirse nuevamente a un auto, su respuesta deja abierta una pequeña puerta: como copiloto, sí.

El autódromo de Comodoro ocupa un lugar central en toda su historia. Allí existe además un reconocimiento que Moratinos valora especialmente: la calle de boxes lleva su nombre. Para él tiene un significado particular porque puede disfrutarlo en vida, algo que considera mucho más valioso que los homenajes que llegan cuando la persona ya no está.

“Era mi segunda casa. Yo siempre dije que era mi segunda casa”, expresó al hablar del autódromo y de ese reconocimiento. Bersais incluso plantea durante la conversación que Moratinos terminó convirtiéndose en un referente para generaciones posteriores. Él, sin embargo, rechaza cualquier idea de grandeza y responde con una frase que explica buena parte de su personalidad: “Yo no soy más que nadie. Hice lo que me gustó toda mi vida”.

Ese perfil también aparece cuando habla del cariño de Comodoro. Sus propios hijos todavía escuchan comentarios cuando alguien descubre su apellido y enseguida pregunta si son familiares de Emilio Moratinos. Para el expiloto, ese reconocimiento tiene menos que ver con una victoria puntual que con la forma en la que transitó tantos años dentro y fuera de las pistas. “Debe ser mi forma de haber sido, de haber vivido, de este cariño que yo le tuve a la gente, a Comodoro en total, porque me ayudó todo”, reflexionó.

La prueba de ese acompañamiento aparece en una imagen que todavía recuerda con claridad: una noche, después de un vuelco, hubo alrededor de diez chapistas trabajando al mismo tiempo para reparar su auto y permitirle volver a competir al día siguiente. Son escenas de un automovilismo que funcionaba gracias al piloto, pero también gracias a una enorme red de amigos y colaboradores.

Hacia el final de Charlas de Mate, Bersais le pide una frase que pueda sintetizar semejante recorrido. Moratinos podría elegir un campeonato, una carrera histórica o alguno de los grandes pilotos con los que compartió pista. Sin embargo, vuelve a elegir el lugar donde pasó buena parte de su vida.

“Me encantaría, estando en una carrera o en una vuelta, dormirme arriba de un auto de carrera y en un circuito”, confiesa.

Después de décadas entre motores, campeonatos, amigos, derrotas, triunfos y cientos de kilómetros recorridos, acaso no exista una definición más precisa. Emilio Moratinos dejó de correr, pero nunca terminó de bajarse del todo de aquel auto.