Lo que empezó como un día de trabajo más terminó en una tragedia que cambió todo. Yanina Benítez, una mujer de 38 años oriunda de Cipolletti, recibió una descarga eléctrica de 13 mil voltios mientras trabajaba en un taller, en junio de 2021.
Cuatro años después, su historia es un ejemplo de reconstrucción, pero también un reflejo de las dificultades que enfrentan quienes sobreviven a situaciones extremas.
Yanina había construido su camino en el mundo de la construcción desde muy joven. Aprendió el oficio, ganó experiencia y logró independizarse, con una agenda llena de trabajo. Su vida era intensa, pero estable. Hasta ese día.
El 16 de junio de 2021, apenas un día después de recibir el alta por COVID, volvió a trabajar. Estaba en altura, utilizando una herramienta de aluminio, cuando accidentalmente hizo contacto con cables de media tensión. La descarga fue inmediata.
No recuerda nada. Ni el momento, ni los días previos. Lo que sabe lo reconstruyó por relatos de quienes estaban allí. Un compañero escuchó una explosión y su hermano corrió a asistirla. Estaba sin signos vitales. Durante minutos, que nadie pudo precisar, intentaron reanimarla hasta que finalmente volvió a respirar.
Pasaron dos meses hasta que volvió a abrir los ojos. Durante ese tiempo, su cuerpo sufrió las consecuencias de la descarga: amputaciones progresivas de sus extremidades y graves daños físicos, incluyendo la pérdida de su nariz.
Cuando despertó, no podía hablar ni moverse. Nadie le había explicado lo ocurrido. El momento en que intentó levantarse y descubrió que ya no tenía brazos fue uno de los más duros.
“Creo que en ese momento hubiese preferido morir”, diría después.
El alta médica llegó en agosto, pero ahí comenzó otro proceso: la rehabilitación. Yanina tuvo que reaprender todo: caminar, hablar, alimentarse.
“Era como un bebé”, recuerda. Cada tarea cotidiana implicaba un desafío enorme.
Las prótesis que necesitaba no estaban al alcance. Eran importadas y costaban millones. La familia organizó rifas, ventas y colectas para intentar reunir el dinero. Aun así, no alcanzaba.
La ayuda externa fue clave para conseguirlas, pero hoy, años después, esas prótesis están llegando al final de su vida útil y reemplazarlas vuelve a ser un problema.
Hace dos años tomó una decisión que sorprendió a todos: volver a vivir sola. Sin saber cómo hacer tareas básicas, comenzó un nuevo proceso de aprendizaje.
Hoy maneja, cocina, limpia su casa. Recuperó parte de su autonomía, aunque reconoce que todavía hay un largo camino por recorrer.
Intentó retomar su actividad laboral, pero no pudo sostenerlo. Estar en una obra sin poder hacer lo que hacía antes le resultaba emocionalmente devastador.
Además, denuncia una falta de oportunidades reales: “Dicen que hay cupos laborales, pero no se cumplen”.
El accidente también impactó en su vida personal. Un proyecto de maternidad que estaba en marcha quedó truncado. Su relación de pareja no resistió el proceso.
Son duelos que no siempre se ven, pero que pesan tanto como las heridas físicas.
Hoy Yanina comparte su vida en redes sociales. Muestra su día a día, sus desafíos, sus avances. Lo que antes le daba vergüenza, ahora lo transforma en herramienta.

Dice que le hubiese gustado tener a alguien que le enseñara cómo empezar. Hoy, ella ocupa ese lugar para otros.
Su historia emociona, pero también interpela. Porque detrás de su recuperación hay una realidad más amplia: la falta de acceso, de acompañamiento y de políticas efectivas para personas con discapacidad.
Yanina no se define como un ejemplo. Dice que sigue luchando todos los días. Y aunque asegura que todavía no volvió a vivir como antes, también afirma algo con la misma convicción: “Lo voy a lograr”. Fuente: LMN
