31 mayo, 2026
Comodoro Rivadavia, Chubut
Generales

Murió Darío Lopérfido, una voz liberal que eligió incomodar

La muerte de Darío Lopérfido, ocurrida este viernes a los 61 años, cierra una trayectoria marcada por la confrontación intelectual, la gestión cultural y una concepción del liberalismo que nunca buscó consenso fácil. Falleció a causa de una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad que él mismo decidió hacer pública meses atrás, con una franqueza que fue coherente con toda su vida pública.

En un texto publicado en el sitio Seúl, Lopérfido narró el diagnóstico sin metáforas ni solemnidad. Rechazó la épica de la enfermedad, cuestionó los relatos de superación y habló de la muerte con una crudeza que incomodó y, al mismo tiempo, generó respeto incluso entre quienes lo habían criticado durante años. Fue, para muchos, su última intervención pública y también una síntesis de su pensamiento: desconfianza frente a los discursos consoladores y defensa radical de la honestidad intelectual.

Gestión, poder y cultura

Lopérfido fue un protagonista central de la política cultural argentina desde los años noventa. Formado en el periodismo y la gestión, dirigió el Centro Cultural Ricardo Rojas y luego ocupó cargos clave en la función pública, primero en la Ciudad de Buenos Aires y después a nivel nacional, durante el gobierno de Fernando de la Rúa.

Integrante del denominado Grupo Sushi, encarnó una generación de funcionarios que buscó modernizar el Estado con una impronta urbana y cosmopolita, pero que terminó asociada —para muchos— a una dirigencia distante de la crisis social que estallaría en 2001.

Años después, volvió al centro de la escena como ministro de Cultura porteño y director general del Teatro Colón, donde impulsó reformas estructurales, coproducciones internacionales y una reorganización administrativa que mejoró la proyección del teatro, aunque a costa de fuertes conflictos sindicales y cuestionamientos internos.

El precio de la polémica

Su figura quedó definitivamente marcada por sus declaraciones sobre la última dictadura militar, que provocaron una reacción transversal de organismos de Derechos Humanos, sectores políticos y del mundo cultural. Aquella controversia terminó con su salida del Ministerio de Cultura en 2016 y consolidó su perfil como figura polarizante.

Lopérfido defendió siempre su derecho a cuestionar consensos y sostuvo que la discusión histórica no debía estar cerrada por decreto moral. Para algunos fue una defensa legítima de la libertad de expresión; para otros, una provocación inadmisible en un país atravesado por el trauma del terrorismo de Estado.

Una despedida sin épica

Lejos del tono desafiante que lo caracterizó durante décadas, el texto en el que habló de la ELA mostró una mirada distinta, aunque no conciliadora. No pidió comprensión ni indulgencia. Describió el deterioro físico, criticó la idealización de la vejez y habló de la muerte como una posibilidad concreta, sin romanticismo.